Como si nada hubiera ocurrido (cuento)
“no eres más que un sobreviviente/ un náufrago un hombre esperando/ en la estación/un paracaidista ante el abismo/ como si encontrara al fin su tren/ su tabla, el último vagón”.
Reina Ma. Rodríguez (En la arena de Padua)
Desperdicios. Esa fue la primera imagen que inundó mis ojos; ante tanto polvo y tizne, tanto musgo verde-amarillo penetrando grotescamente aquellas oquedades y grietas de la pared, sostenida por horcones de madera que ya comenzaban a podrirse. Una pequeña caja con un letrero de frágil dormía en medio de la abandonada habitación un ciclo eterno. Por fuera, y a la vista, se amontonaban algunos cuadernos, pasto de las polillas que comían silenciosa y anónimamente. Los versos sencillos, de José Martí; un ensayo sobre pornografía y obscenidad, de Henry Miller y Lawrence; un pequeño libro de carátula anodina e impersonal con el título de Historia de la sexualidad: el uso de los placeres, de Michel Foucault y un ejemplar de La Historia me absolverá, de Fidel Castro, editado en un papel amarillento, casi comatoso. No había relación entre aquellos textos, parecían haber sido juntados con destino al cajón salvador por obra de un orate, por casualidad o quizás desidia. Después pensé que podían haber sido colocados por alguien que los apreciaba mucho y quería salvarlos del incendio que arrasó casi todo el antiquísimo edificio de la calle Dragones, en pleno corazón de La Habana, pero no le dio tiempo a guardarlos y quedaron allí eternamente olvidados.
Las ventanas, ahora, permanecían clausuradas. Maderas viejas y clavos herrumbrosos quebraban algunos cristales por donde se colaban los rayos del sol. Tanta cerrazón tenía por propósito evitar que entraran las parejas furtivas y convirtieran aquellos cuartos calcinados y muertos en zonas de tolerancia, lujuria y vida. Por allí rondaba un amargado, un envidioso de la felicidad y los encuentros de otros.
Treinta minutos antes de encontrar aquel lugar abandonado, llegué a la parada del ómnibus, después de un día agotador. Interminables reuniones intentaban decidir el destino y ubicación de un grupo de hombres sin contenido de trabajo, según el jefe de personal de la fábrica. Estuve retenido casi cinco horas en aquella oficina llena de afiches llamando a cumplir con el horario laboral y el trabajo voluntario. La fábrica hacía dos semanas se encontraba semiparalizada por falta de vegetales y frutas frescas para hacer las pulpas y mermeladas y ya empezaban las preocupaciones administrativas por el ocio de los hombres. “No queremos que se resquebraje la disciplina de los trabajadores”, dijo el jefe al comienzo de la reunión y siguió hablando con su acostumbrado lenguaje, viciado de frases hechas y lugares comunes, que tanto yo detestaba. A partir de sus primeras palabras ya no le escuché y me puse a garabatear y dibujar la página de mi agenda, donde escribí, sin prolijidad alguna y con una letra que no la entendería ni un experto grafólogo, “otra reunión administrativa”.
Un almuerzo pobrísimo de arroz, chícharos y una porción de merluza, casi congelada aún, pescada en quién sabe qué mares, me cayó en el estómago como un rayo centelleante, disparándome una gastritis casi crónica a punto de convertirse en úlcera sangrante. Tomé inmediatamente alusil, una pastilla milagrosa contra la acidez estomacal y me percaté que sólo me quedaban cuatro y en las farmacias estaba en falta, también por ausencia de materias primas; una frase que ya comenzaba a inundar hasta mis sueños.
En la calle, el gentío que salía de los trabajos y caminaba con indiferencia para llegar a sus paradas y esperar pacientemente los ómnibus, por varias horas, semejaba a grupos de autómatas o manadas de reses camino del matadero. Un vientecillo, que anunciaba la llegada del cada vez más corto invierno en Cuba, se colaba por detrás de las columnas que sostenían el esquelético techo de zinc de la parada.
Llegué como de costumbre e intenté ver si tenía algún conocido en la interminable cola de la 22 y podía ahorrarme tiempo y espera. Mi búsqueda fue infructuosa y sólo entonces me decidí a pedir el último de la larga fila. Inmediatamente noté, con ese sexto sentido que tienen los hombres que una chica rubianca y con aires intelectuales no me quitaba los ojos de encima y miraba con insistencia y cierto descaro, de mis ojos a la bragueta de mi ceñido jeans. Le seguí el juego y cada cierto tiempo me mordía los labios, de una manera indecente y me pasaba la manos por la cara como intentando acomodar mi bigote demasiado crecido y tocaba con insistencia el zipper de mi pantalón. Luego caminaba algunos pasos y le miraba el culo y sonreía con descaro lascivo. La chica no estaba tan mal; vestía de una manera bastante provocativa: blusa ajustada a unos pechos grandes, tipo mangos filipinos, que pugnaban por salírsele de un momento a otro, una saya de mezclilla corta que dejaba ver aquellos muslos carnosos, casi lampiños y de un color canela dorado. Las nalgas demasiado paradas para ser de una mujer tan delgada me empezaban a calentar la cabeza y otras partes del cuerpo.
Siempre tuve predilección por las nalgas de las mujeres; es lo primero que le miro. Si está planchá’ para mi no existe. No importa que tenga un rostro como el de Ingrid Bergman en Casablanca o que posea la elegancia de la modelo Claudia Shiffer. Recuerdo que siendo adolescente, me enredé con una negra carretonera de La Habana Vieja sólo por tocarle y disfrutarle aquellas nalgas prietas y adiposas que ella meneaba al caminar con una elegancia casi principesca. El primer día que me metí en su cama estaba con la menstruación y se resistía a hacer el amor, aún con preservativo. Entonces le dije con descaro y cierta insolencia que habían otras partes del cuerpo tan disfrutables como su mamey colorado y ella se rió escandalosamente y me dijo: “Que sucio eres blanquito de mierda. ¿Quién me lo iba a decir? Tu que parecías un chiquito tan fino, ahora quieres cogerme el culo el primer día”.
De más está decir que logré mi propósito y me fui enviciando, porque ello se convierte en una adicción. Y le aguanté carretas y carretones a aquella negrita singona, de culito embriagador, como yo le llamaba cuando quería adularla. En ese momento, cuando conté mi primera proeza sexual con la mulata del manglar a un grupo de amigos que se las daban de mujeriegos, me miraron con cara de disgusto. Servilio, el más resentido de todos, que no se levantaba ni a una mosca, me dijo con rabia y cierta envidia: “Ahora sí, asere; este tipo, después de mujeriego, se metió a bugarrón”. Yo para levantarle la parada y dejarlo en ridículo, le grité mirándole a la cara: “Mira pasmado de mierda, que si tú cuando naciste no miraste para arriba, no la has visto pasar en tu vida”. Todos se rieron y comenzaron a joder a Servilio con pregunticas capciosas acerca de sus experiencias sexuales y éste tuvo que largarse con el rabo entre las piernas y cara de haber hecho el papelón delante de todos. Desde entonces, me la guardó e intentaba ponerme la mala con las muchachitas del aula y hablaba sus mierditas por detrás de mi, pero nunca me importó.
Siempre he tenido suerte con las mujeres. De chico mi tía, que se quedó para vestir santos, me decía: “Mi’jo si te dejan hablar no te crucifican. Tienes el pico dulce y a las mujeres nos gusta que nos digan cosas lindas al oído. Vas a volverlas locas cuando seas grande”.Y su pronóstico se cumplió. Es cierto que no tengo grandes atractivos y mi cuerpo parece más bien el de un gallo negro desplumado o un perchero plástico, pero la naturaleza me dotó con una verga hermosa que es la curiosidad de mis amigos. Todavía recuerdo como me la miraban con envidia, en las duchas, mis compañeros de escuela. Por ello y para joder me gustaba pasearme encuero delante de todos por el vestidor y mirarme en los espejos, ubicados frente a los baños y hacer ejercicios sistemáticamente para estar en “forma”.
Bueno, a lo que íbamos. La rubia de la parada siguió mira que te mira. Tenía una cara de templona y de calentona .Como suele pasar, no me aguanté más y me le fui acercando, pues de la guagua ni rastro. Cuando ya estaba casi a centímetros de ella le dije a boca de jarro y con una sonrisa forzada: ¿Qué tu miras? Ella ,con cara de cumpleaños, me siguió el juego y me contestó: “La nariz que se te estira, debajo de una mata de güira, tu mamá es una guajira”. Yo comencé a reírme a carcajadas y le respondí: “Mírala, si hasta es poeta y en el aire las compone...” A partir de ese momento iniciamos una conversación más formal y supe que era divorciada y trabajaba de maestra, cerca de la fábrica de conservas. “¿No tienes novio, ahora?, le susurré muy quedo. Ella replicó provocativamente: “Parece que no existo, hace como siete meses que ningún hombre se fija en mi.¿Acaso, soy tan fea?” Yo le seguí el juego y le propuse caminar un poco para salir de aquel enjambre de gentes y aceptó gustosa. “Hacer ejercicios no viene mal”, me comentó con cierto cubaneo y doble sentido. Yo le contesté lascivamente: “Bueno, dice mi abuela, que miembros que no se usan se atrofian” y le tomé con descaro de la mano como si fuéramos conocidos de toda la vida. Ella no mostró la menor oposición y continúo caminando oronda y satisfecha.
Al llegar a un pasajito maloliente y empedrado de la calle Dragones vi el edificio calcinado que estaba casi en la esquina y sin preguntarle nada empujé una de las puertas laterales y la metí de un tirón en el recinto abandonado. Después cerré sin hacer ruido y le propuse buscar un lugar de mayor privacidad dentro. Subimos una pequeña escalerita y fuimos a parar a un cuarto grande y apuntalado. Miramos detenidamente el lugar para comprobar que no habían moros en la costa y sin decir ni una palabra empezamos a besarnos las bocas y los cuellos y a tocarnos por encima de las ropas. Sin darle tiempo al rechazo, le metí una mano debajo de la falda y aparté la liga de una de las patas del blumer comenzándole a acariciar con suavidad su sexo. Ella abrió sus piernas con gusto y empezó a gemir de placer con la entrada y salida de mis dedos gruesos. Mientras tanto ya me había bajado el pantalón y le ponía sus manos entre mis piernas para que palpara el bulto incontenible que se le venía encima. Ella comenzó a frotarlo contra sus ropas y se subió totalmente la corta falda dispuesta a dejarme el campo libre para el aterrizaje. Ya había comenzado a colocársela dentro y disfrutaba el calor húmedo de su vagina cuando sentí un ruidito en la planta baja del edificio ruinoso. Nos movimos intentando no arrastrar los pies y nos ubicamos detrás de una columna, dispuestos a continuar la fiesta, aunque el edificio empezará a caerse a pedazos. Con la boca y mi lengua intenté evitar sus alaridos de placer e inicié movimientos más seguidos y fuertes, como intentando apurar los orgasmos de ambos pues ya presentía que alguien estaba por interrrumpirnos. Cuando ya empezaba mi eyaculación precoz y caliente, me percaté que un viejo gordo, con una linterna en la mano, y traje azul del Cuerpo de Vigilancia y Protección, miraba sorprendido y exaltado nuestra escena, desde otra escalerita ubicada en la esquina del cuarto. No se movía y trataba hasta de no respirar para evitar que se interrumpiera el espectáculo que también disfrutaba gozoso. En aquel momento me sentía tan a gusto que me importaba poco la presencia de un tercero .No dije nada y traté de concentrarme para terminar como Dios manda. Al concluir, con toda la tranquilidad y caballerosidad del mundo le pregunté a la rubia si se sentía bien y sonrió complacida del “ejercicio”.
Me subí el pantalón para evitar que el intruso se siguiera calentando a costillas mías y saqué mi pañuelo para limpiarme entre las piernas. Me cerré el zipper del jeans, no sin antes acomodarme lo que la natura me dio. Sin decirle nada acerca de la presencia del viejo voyeurista, la saqué del recinto y volvimos a salir a la descuartizada calle habanera, como si nada hubiera ocurrido. Intenté volver a tomarle de la mano y noté cierto rechazo elegante, de su parte. “Nos puede ver algún conocido y no quiero compromisos”, me dijo. “Bueno, cada uno para su casa y si te he visto ni me acuerdo”, le comenté con cinismo. Ella hizo un gesto de aprobación con su cabeza. Apuró el paso como intentando desligarse de mi compañía y cuando me llevaba cierta distancia se volvió y me preguntó, con voz de inocentona barata: “Oye, cómo te llamas”.Le respondí burlesca y secamente: “¡Alberto Herrero!”, como un conocido y pésimo cantante televisivo. En ese mismo momento, un compañero de la fábrica, que se encontraba en la parada del ómnibus me voceó de un lado a otro de la calle: “Roberto, apúrate que ya te marqué en la cola”.
Juan Carlos Rivera Quintana.
Buenos Aires, 30 de octubre de l997.
