La Coctelera

Categoría: Trabajos Periodísticos

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Catalejo con sabor a sed en mar incierta

 

 

 " Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar, al país donde los sabios se  retiran del agravio de buscar labios que sacan de quicio".

 

                        Peces de ciudad, de Joaquín Sabina.

 

Alguien sigue intentando unir en nosotros sus retazos,

sus jirones de eternidad chamuscados por un fuego que no cesa, que busca

el paisaje perdido dentro de un catalejo que cierto niño lúdico

mira con la curiosidad de querer retener en tierra de nadie.

¿Quién se acuclilla dentro de mí? ¿Hasta dónde emigra conmigo?

¿Quién se recuesta sobre sus victorias peregrinas en la pared de brumas

de mis lóbregos huesos y tras los párpados doloridos?

¿Quién esconde su mirada de rehén en noche desconocida

 por senderos de zarzas? ¿Hasta dónde quiere llegar?

¿Quién escribe sus secretos desprendidos como una bocanada

extranjera e intenta vanamente dejar sus sedimentos de velero fantasma

 en noche de mar con promesa de muerte?

¿Por qué profundiza tanto si sólo le quedan restos...

                                               cascajos, ilusorias memorias?

Desde adentro de mis carnes se apuntalan espejos y señales

que ya ni intento transcribir... poco importa, me he pasado la vida

descodificando los discursos vanos de los otros/

buscando islas naufragas para el retiro forzoso,

como un noticiero después de la batalla,  

como salir al encuentro de alguien que no llega...

cual noche cortada con empalmes de siglos

                                        (en mala versión insomne).

Todo cuece y calcina dentro mío, se evapora y sube, se difumina

entre nombres secretos y catedrales que nunca pisaré.

Las aguas crecen, se desparraman, revientan de gozo

y yo sigo sin entender nada, sin querer interpretar

las vetustas orgías como olas/ los largos bostezos como olas

las raras alucinaciones como olas/ los pétreos islotes como olas.

Allá detrás, sobre las planicies y colinas de mi tierra se escabulle

                                        (un espectáculo de inmolaciones)

que deja a la intemperie maleficios y cegueras

alucinaciones eternas/ eternos escombros

perdurables lutos/ perennes precipicios/ sempiternos centelleos

como duros pedazos que nadie podrá volver a unificar

                                                            (eternamente).

Una escalera insondable extravía sus rutas y repliega

sus sombras hasta la última morada,

aquel gran portón que no quiero abrir por temor al juicio final.

Estoy predestinado para mejores momentos/ para traspasar la niebla

aunque siga tropezando con el pedrusco de siempre

aunque pierda los dientes y la piel en la caída

y tan sólo me queden vientos y manos desertoras/ mutiladas reliquias,

retazos de eternidad en fechas de mordazas y miopías.

 

                                 27, mayo 2009. Frío húmedo, que paraliza. 

 

  

 

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Surfear en lo turbio

 

"Eres y serás lo que recuerdas, / lo que una vez llegaste a imaginar",
de Reinaldo García Ramos, en La quietud).

Pisar el rellano, el descansillo de la vida
imaginando un pedazo de ventana que no muestra
perspectiva alguna,
sólo una pequeña sombra descolorida, un alarido
que viene desde adentro, desde las lacias tripas,
intolerantes al crecimiento atípico e impávido de sus células,
a la patología que carcome y necrosa/ al tumor
que lo engulle todo o a la presión que paralizará la máquina.
Descender abruptamente el escalón, caer, levantarse
con las manos enrojecidas (adoloridas por el batacazo)
con la boca pastosa y las amígdalas inflamadas,
pero sin pus,
acompañando esa luz menstrual, casi uterina
que el semen no alcanza a conmover y fundir/ a procrear.
Degustar una cena recalentada e insabora
detrás de una voz radial (en off, que sube y baja a fondo de...),
como debe decir en los malos guiones,
que rompe la rutina intentando acariciar
por dentro el cuenco del tímpano
y sólo consigue un lamento oscuro, un pozo ciego
sin olor a mar, una caja negra intelectualmente vacía
donde la rutina vaga disonante hasta el escondrijo
comatoso de la axila indiferente al desodorante matinal
y de ahí descarga sus incertidumbres en el intestino húmedo.
Surfear hasta donde llegue el impulso y caer como un amasijo
caliente que entumezca la lengua, que te atragante y paralice
como un eructo repentino
en medio de una conversación formal, que perece semejante
a cierta desazón muda, que te saca las ganas vespertinas
de orinar y te eclipsa hasta los ojos.
Sólo entonces es que te traigo de vueltas, al comienzo/
sin rellanos ni descansillos
sin ventanales ni cenas disonantes, evadiendo formalidades
que pulvericen esa ligadura/ sin altares con festejos afros
sin afeites que te adornen/ como llegaste al mudo mundo.
Y te retengo en el silencio, te exprimo completamente/
hasta lo inadmisible intentando resucitar viejos tiempos,
recordando antiguas riñas, grandes rencores,
pero son sólo eso: vanos intentos de resucitación forzosa,
traqueotomías
de puertas abiertas que buscan aires portuarios y salitre
en una ciudad temerosa/ contraria al mar y al discurso libre.
¿No sé qué hacer cuando todo se detiene y confundo los olores
y sonidos? Entonces las ganas intentan evaporarse tibiamente/
me paralizo/ dejo de surfear en lo revuelto
y siento músicas "naúsicas",
que me quitan las fuerzas de seguir encima de la tabla por temor a
caer en las fauces de los tiburones y me dejo caer para siempre.
¿No sé si darte de comer como a las avecillas raras, inventarte
un mar sin corrientes traicioneras o echarte lejos de mi almohada hosca
hasta que recuerdes?

Buenos Aires, 38 grados de calor y me marcho al Norte,
sin playas, ni arenas movedizas ni tablas de surf.